No, es que realmente nunca me cansé de esperarte. Y aunque no conté el tiempo, fueron soles, lluvias y vientos mis compañeros de morada. Unas veces mi confusión me llevo a seguir a otras personas, creyendo que en ellas te hallabas, pero siempre terminé dándome cuenta que era sólo un señuelo y regrese al mismo lugar. Tantas veces allí, paciente, recargando mi barbilla en mis manos, moviendo mis pies, creando figuras con las nubes. Hasta que un día giré mi cabeza y te vi a lo lejos, venías a paso lento, seguro, traías una sonrisa, como la de quien ha llegado a su destino y fue por esa sonrisa por la que te reconocí. ¡Por fin! -dijimos- Ahora comprendíamos que la espera nos había valido.

Vismundo, cartas a Dar.  (via vismundo)